Donald Trump anunció «la operación económica más devastadora jamás emprendida contra cualquier país», en lo que denominó «un Día D económico» contra Irán, con el objetivo declarado de poner fin a una guerra que se acerca a los seis meses y reabrir el estrecho de Ormuz.
La respuesta de Teherán fue inmediata y desafiante. «Ya hemos visto esta película antes. La misma historia. Diferentes matones», escribió en X el ministro iraní de Exteriores, Abbas Araqchi. Por su parte, el portavoz del Ministerio de Exteriores, Ismail Bagaei, aseguró que «estas medidas no tendrán efecto en la posición de Irán» en la guerra.
Los números cuentan otra historia.
La inflación interanual en julio se situó en el 87,9% y en alimentos y bebidas en el 128%, según datos recogidos por la fuente. El paro ha pasado del 7,3% al 9,1% en el último año, con la pérdida de unos 450.000 empleos según cifras oficiales, que no recogen los estimados dos millones de puestos de trabajo perdidos durante la guerra.
El impacto llega directo a los hogares. «Cada día somos más pobres y hasta nos cuesta adquirir los productos básicos», dijo a EFE Nahid, vecina de Teherán de 64 años. Fatima, otra residente de 39 años, afirmó que le resulta imposible «alimentar a mis hijos como debería» y que frutas y carne están desapareciendo de su dieta.
El frente externo se estrecha.
Estados Unidos aún no ha detallado el contenido exacto de las nuevas sanciones, pero el secretario del Tesoro, Scott Bessent, advirtió que los países que proporcionen «cualquier tipo de ayuda vital a Irán» sufrirán consecuencias económicas. China, que adquiere en torno al 90% del petróleo iraní a precio reducido, es el actor clave: está por ver si Pekín se pliega a la presión estadounidense.
Emirates Árabes Unidos ya tomó posición: esta semana anunció la suspensión de todas sus relaciones comerciales, intercambios mercantiles y transacciones financieras con Irán. Antes de la guerra, Abu Dabi figuraba entre los principales socios económicos de Teherán, con importaciones iraníes valoradas en 21.000 millones de dólares en 2024, según la Organización Mundial del Comercio.
Con todo, los analistas son escépticos sobre la eficacia de la presión. «Si el objetivo es provocar el colapso de Irán u obligar a sus dirigentes a rendirse y a hacer concesiones estratégicas, es poco probable que esta campaña logre su objetivo», señaló Danny Citrinowicz, investigador del programa iraní del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Israel (INSS).
La lectura de Ágora Capital es más directa. Un régimen que lleva décadas blindando su supervivencia política a costa del bienestar de su población no cede ante la presión económica: la traslada hacia abajo. Son los ciudadanos iraníes —no la nomenclatura— quienes absorben el costo de la inflación del 128% en alimentos y del desempleo creciente. La pregunta estratégica no es si las sanciones duelen, sino si el dolor llega a quienes toman las decisiones. La historia reciente sugiere que no. Capital busca reglas claras; en Ormuz, por ahora, no las hay.



