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Startups argentinas de IA se instalan en San Francisco y apuntan al mercado global desde cero

Ato ya distribuyó 2.500 dispositivos en 27 países tras levantar USD 1,3 millones; Melián mudó todo su equipo a California. El súperciclo de inteligencia artificial convierte a Silicon Valley en el destino obligado para emprendedores que nacen con vocación global.
Foto: infobae.com
domingo 16 de agosto de 2026

Un edificio victoriano de principios de 1900 en Sacramento Street, San Francisco, se convirtió en cuartel general informal de una nueva generación de startups argentinas. El lugar se llama Monroe Residence Club, aunque todos lo conocen como «lo de James», en referencia al manager del hospedaje. Su principal atributo, según sus propios residentes: es barato.

Dos empresas jóvenes ocupan hoy ese espacio. Ato es un dispositivo de inteligencia artificial orientado a adultos mayores: «escucha y habla» para acompañar, asistir y generar conversación. Levantó USD 1,3 millones el año pasado, ya envió 2.500 unidades a 27 países y busca una nueva ronda para sostener el crecimiento. Sus cofundadores, Juan Cereigido y Gaspar Habif, llegaron a San Francisco tras quedar seleccionados en un programa de aceleración que vieron anunciado en X. «Teníamos que quedarnos para crecer», relató Habif. «Un desarrollo IA como el nuestro tiene que ser global. Estamos acelerando a un nivel que no esperábamos».

Melián —antes llamada Sirvana— apunta a ser un buscador universal de productos, con IA como motor. Su CEO, Santiago Ruberto, de 20 años, mudó a todo el equipo a San Francisco en febrero. «Vamos a ser la empresa más grande del mundo y lo vamos a hacer desde EEUU», declaró Ruberto.

Ambas compañías forman parte de una tendencia más amplia: emprendedores argentinos que eligen construir desde Estados Unidos en lugar de escalar primero en el mercado local. La lógica es directa. El capital de riesgo de mayor tamaño está concentrado en Silicon Valley, los ciclos de decisión son más cortos y la proximidad a otros fundadores e inversores acelera la validación del modelo de negocio.

El fenómeno contrasta con la generación anterior de unicornios locales. Mercado Libre, fundado por Marcos Galperin, mantuvo foco latinoamericano y hoy es la empresa más grande de la región. Globant alcanzó operaciones en 30 países, aunque atraviesa un momento de incertidumbre sobre su futuro, según consigna la fuente. Las nuevas startups, en cambio, nacen con mandato global desde la primera línea de código.

El patrón se repite: jóvenes con carrera universitaria incompleta o recién terminada, una notebook, algún fondeo inicial y la disposición a instalarse en una ciudad donde el costo de vida es alto pero el acceso al capital es incomparable. «Lo de James» funciona como red de contención: precio accesible, comunidad de pares y la posibilidad de cruzarse con otros fundadores en la escalera.

Desde la perspectiva de Ágora Capital, el movimiento ilustra una verdad que los mercados ya conocen: el capital no tiene pasaporte, pero sí tiene preferencias. Fluye hacia donde las reglas son predecibles, los contratos se cumplen y el ecosistema recompensa el riesgo. Que emprendedores argentinos elijan construir en Estados Unidos no es una crítica al talento local —es, precisamente, su reconocimiento—, sino una señal de que el entorno regulatorio y financiero de origen todavía no ofrece las condiciones para retener proyectos de alta ambición. Cada startup que se muda es capital humano y retorno fiscal que se va con ella.

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