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Pemex y Petrobras apuestan cientos de millones por rocas de 160 millones de años bajo el Golfo

Las dos mayores petroleras de América Latina se unen para explorar formaciones presalinas en aguas profundas frente a Campeche, en una jugada de alto riesgo que podría ser la última carta de una Pemex asfixiada por deuda y producción en caída.
Foto: elfinanciero.com.mx
viernes 21 de agosto de 2026

Petróleos Mexicanos y Petróleo Brasileiro han iniciado la evaluación conjunta de datos sísmicos y geológicos en el Golfo de México con un objetivo sin precedentes fuera de Brasil: perforar formaciones rocosas de aproximadamente 160 millones de años de antigüedad, ocho veces más antiguas que los yacimientos que explotan las grandes petroleras en el lado estadounidense del Golfo.

El conjunto geológico apuntado se ubica frente a la costa del estado mexicano de Campeche. En 2018, Pemex ya perforó más de 7.800 metros bajo el lecho marino y alcanzó la capa de sal de Campeche; el pozo fue declarado improductivo, aunque los datos obtenidos no descartaron la presencia de hidrocarburos. Según el geólogo y consultor Mark Rowan, «eso sugiere que no hubo ningún obstáculo insalvable, y posiblemente algo que les dio una razón de peso para seguir haciendo pruebas».

La lógica técnica es clara: las rocas presalinas son la roca madre, donde la materia orgánica se transformó en petróleo. Las formaciones más jóvenes son meros depósitos de filtraciones. Mayor antigüedad puede significar mayor concentración de crudo, y por tanto mayores márgenes si la extracción resulta viable.

Petrobras aporta la tecnología crítica. Una serie de descubrimientos gigantes en alta mar cerca de Río de Janeiro, a partir de 2006, convirtió a la compañía brasileña en la única operadora con historial probado en presalino. Los intentos posteriores de otras empresas en Angola, Gabón y la República del Congo «fracasaron en gran medida», según la fuente. Sylvia Anjos, directora de exploración y producción de Petrobras, confirmó el 7 de agosto que los planes incluyen también la búsqueda bajo rocas sedimentarias y formaciones de sal más jóvenes.

Los riesgos son proporcionales a la ambición. A las profundidades involucradas, la sal se comporta como un líquido y requiere equipos especializados. La perforación en aguas profundas «puede costar fácilmente cientos de millones de dólares por pozo», según la fuente. El propio geólogo Pedro Zalan, con 34 años en Petrobras, advierte que la empresa «se adentra en territorio desconocido», aunque reconoce que la geología del lado mexicano «resulta particularmente favorable para la acumulación de petróleo».

Para Pemex, el contexto es de urgencia. La empresa arrastra una deuda descrita como asfixiante, producción menguante y una reputación de ineficiencia. Rowan lo sintetiza sin rodeos: «Pemex por sí sola no cuenta con la tecnología ni el capital necesarios para este tipo de exploración».

La lectura de Ágora Capital es directa: este proyecto ilustra con precisión el costo de décadas de gestión estatal sobre una empresa que debería ser motor de ingresos para México. Pemex llega a esta apuesta no desde una posición de fortaleza, sino como última salida ante el deterioro acumulado. El aparato burocrático que la rodea no genera tecnología ni capital; los toma prestados de quien sí los produce. Si el proyecto fracasa, el contribuyente mexicano absorbe el golpe. Si tiene éxito, el mérito será en buena medida de Petrobras. Capital busca reglas claras y empresas solventes; lo que el Golfo de México tiene hoy es una apuesta desesperada financiada con deuda pública.

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