Durante dos décadas, el capital fluyó hacia software, redes y datos. La lógica era impecable: márgenes altos, escalabilidad casi sin fricción, activos físicos mínimos. Pero Cyrus Wadia, CEO de Activate —organización dedicada a convertir descubrimientos científicos en impacto real—, argumenta que ese ciclo está cediendo paso a uno nuevo.
Wadia revisa cada año cientos de propuestas de científicos e ingenieros. Su diagnóstico es directo: «Cada gran avance en software e IA depende de generación de energía, semiconductores, sistemas de enfriamiento, materiales avanzados, construcción industrial, manufactura y cadenas de suministro físicas complejas». La sociedad, escribe, no avanza en la nube; se construye con sistemas reales.
El patrón histórico que se repite
Wadia traza un paralelo con las empresas que definieron el siglo XX. BASF comercializó el proceso Haber-Bosch para nitrógeno sintético y habilitó la agricultura industrial. DuPont produjo nylon, Kevlar y Teflon, transformando textiles, defensa y exploración espacial. Corning convirtió el vidrio especializado en la base de la revolución de fibra óptica. Merck industrializó el descubrimiento y la síntesis de fármacos. Ninguna de esas compañías comenzó con la ambición de definir una era tecnológica; llegaron ahí llevando ciencia de frontera al mundo físico en el momento oportuno.
Dónde está ocurriendo el cambio hoy
En materiales avanzados, investigadores usan herramientas computacionales para identificar compuestos prometedores en meses, no años. En biotecnología, el aprendizaje automático ayuda a diseñar experimentos con mayor eficiencia. En sistemas de energía e industria, la simulación mejora la eficiencia térmica. El patrón es consistente: el software deja de ser el producto y se convierte en el acelerador que lleva la ciencia de frontera al mercado.
Esa distinción importa para asignar capital. Una empresa que usa IA para reducir el tiempo de validación de un nuevo material conductor no es una empresa de software; es una empresa de materiales con ventaja computacional. El retorno y el riesgo son distintos, y los modelos de valoración tradicionales del sector tech pueden subestimarla o sobreestimarla por razones equivocadas.
Las dos señales que Wadia lanza a ejecutivos e inversores
Primero, dejar de tratar el «hard tech» como categoría especulativa o lejana. Infraestructura de IA, resiliencia de cadenas de suministro y seguridad energética son demanda presente, no futura. Segundo, acercarse a donde ocurre la ciencia de ruptura: universidades, laboratorios nacionales y ecosistemas de startups, sin pretender inventar todo internamente.
La lectura de Ágora Capital
El argumento de Wadia es, en el fondo, un argumento de libre mercado: el capital privado que identifique ciencia prometedora antes que el aparato regulatorio la encarezca o la burocracia la retrase capturará retornos extraordinarios. Las próximas BASF o Corning no surgirán de subsidios estatales ni de mandatos de política industrial; surgirán de emprendedores que combinen rigor científico con disciplina comercial.
El riesgo real no es tecnológico. Es que gobiernos con agendas intervencionistas eleven el costo de capital para sectores físicos —energía, manufactura, materiales— justo cuando la convergencia con software los hace más atractivos que nunca. Capital busca reglas claras. El mercado ya votó por la intersección entre ciencia y software; la pregunta es qué jurisdicciones dejarán que ese valor se cree sin estorbar.



