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Querétaro proyecta 1.5 GW de centros de datos, pero el agua y la energía limpia frenan la apuesta

La NDC 3.0 de México fija por primera vez una meta absoluta de emisiones para 2035, pero convertir compromisos en infraestructura real sigue siendo el nudo que el aparato estatal no ha desatado.
Foto: elfinanciero.com.mx
martes 18 de agosto de 2026

Querétaro aspira a ser el gran nodo de centros de datos de América Latina. Las proyecciones apuntan a más de 1.5 gigawatts adicionales de capacidad en los próximos años, impulsados por la demanda de nube e inteligencia artificial. El problema es que esa infraestructura digital consume agua, electricidad y tierra en cantidades que el estado no tiene garantizadas.

La columna de opinión publicada en El Financiero el 18 de agosto de 2026 plantea la tesis con claridad: la política climática se ha convertido en política industrial. Una empresa que evalúa dónde colocar capital intensivo ya no pregunta solo por costos laborales o certidumbre jurídica; pregunta si habrá electricidad suficiente durante décadas, qué porcentaje podrá ser limpia y qué tan expuesta estará su infraestructura a sequías o inundaciones.

Los números respaldan la urgencia. Entre 2016 y 2025, las aseguradoras mexicanas pagaron alrededor de 79,800 millones de pesos por daños asociados a fenómenos hidrometeorológicos, un promedio de 22 millones de pesos diarios. Solo en 2025, sin un huracán catastrófico de por medio, los daños asegurados por lluvias e inundaciones se estimaron en 11,300 millones de pesos, 70% más que el año anterior. El riesgo climático ya está en el estado de resultados del sector privado y en las cuentas públicas.

En ese contexto, la nueva NDC 3.0 de México establece por primera vez una meta absoluta de emisiones para 2035: entre 364 y 404 millones de toneladas de CO₂ equivalente en el escenario no condicionado. La estrategia incorpora infraestructura estratégica, gestión hídrica y un eje de seguridad climática, y vincula la transición con el Plan México. El desafío, señala el análisis, es convertir esa arquitectura de compromisos en decisiones de inversión concretas.

El texto cita a Rhiana Gunn-Wright, arquitecta del Green New Deal en Estados Unidos, con la frase «toda política económica es también política climática». El ángulo es relevante: la convergencia entre agenda climática y agenda industrial no es una concesión ideológica, es una realidad de mercado. Los principales socios comerciales de México incorporan criterios climáticos a sus cadenas de suministro. Ignorarlo tiene costo competitivo.

Las decisiones críticas, advierte el análisis, no se tomarán en conferencias internacionales sino cuando un gobernador asigne agua entre ciudades e industria, un municipio autorice un parque industrial o se decida dónde ampliar la red eléctrica.

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Desde la perspectiva de Ágora Capital, el diagnóstico es correcto pero la solución no pasa por más planificación estatal. El nearshoring es una oportunidad de mercado que responde a incentivos, no a decretos. Lo que el capital busca es reglas claras, derechos de propiedad sobre el agua, contratos de energía limpia ejecutables y un marco regulatorio que no cambie cada sexenio.

Los 79,800 millones de pesos pagados por aseguradoras en una década son, paradójicamente, la mejor señal: el mercado de seguros ya está poniendo precio al riesgo climático. El Estado debería facilitar ese mercado, no sustituirlo. Cuando la burocracia asigna agua por decreto y la red eléctrica es monopolio público, el capital simplemente busca otro destino. México tiene el potencial renovable y la posición geográfica; lo que falta es dejar que el precio haga su trabajo.

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