El economista Emilio Ocampo, uno de los principales impulsores del proyecto de dolarización que Javier Milei llevó a la campaña presidencial, descartó que exista un sustituto inmediato para el dólar como moneda de reserva internacional. «La realidad es que todavía tenemos dólar para rato», afirmó durante su disertación en el Global Network of Director Institutes (GNDI).
Volatilidad, el enemigo de la inversión
Ocampo abrió su presentación con una referencia al economista Robert Mundell, premio Nobel de Economía y teórico de las áreas monetarias óptimas. Comparó a las monedas con embarcaciones en un océano turbulento: a mayor tamaño del barco, mayor estabilidad; a menor tamaño, mayor vulnerabilidad.
El argumento central es estadístico: a mayor volatilidad del tipo de cambio real, menor crecimiento económico. El canal de transmisión es directo. La inversión extranjera directa —componente crítico en economías con mercados de capitales poco desarrollados— requiere una moneda estable para calcular tasas de rentabilidad. Sin esa estabilidad, los proyectos no se ejecutan.
En ese mapa, Argentina ocupa el extremo negativo: el país con mayor volatilidad del tipo de cambio real en toda América Latina. En el otro extremo, Ecuador, Panamá y El Salvador —dolarizados de iure— registran baja volatilidad. Bolivia, Guatemala y Honduras forman lo que Ocampo llama los «dolarizadores que están en el clóset»: mantienen moneda propia, pero se comportan como si operaran dentro de la zona dólar.
Chile, Colombia y México quedan en un punto intermedio, «más lejos de ese paradigma». El economista señaló que el modelo de flexibilidad cambiaria logró bajar la inflación en la región, pero no generó el tipo de crecimiento observado en economías del sudeste asiático como Filipinas, Malasia, Tailandia o Indonesia.
Trump, China y la reconfiguración hemisférica
Ocampo situó el debate monetario dentro de un marco geopolítico más amplio. Según su análisis, la administración de Donald Trump inició un proceso de revisión de la política exterior hacia América Latina, impulsado por el avance comercial de China en la última década. Esa recalibración, sostuvo, «probablemente venga acompañada de una mayor integración monetaria».
No se trata necesariamente de dolarización formal para todos los países, sino de una convergencia en la que las monedas locales se muevan de manera similar al dólar. Ocampo agregó un dato estructural relevante: desde 2000, Estados Unidos se convirtió en exportador neto de energía, lo que modificó la relación entre su tipo de cambio real y los precios de los commodities. «Empieza a comportarse más parecido a los países de América Latina», señaló.
Sobre los riesgos para el dólar, reconoció que la moneda cayó 5% desde que Trump asumió la presidencia, aunque aclaró que históricamente sigue en niveles elevados. El deterioro fiscal de EE.UU. y el aumento de su deuda pública generan presión, y el mercado de bonos, dijo, «le está mandando un mensaje muy fuerte a la FED y al Tesoro»: lo que importa es reducir el déficit. También planteó la incógnita sobre Kevin Warsh, recientemente nombrado presidente de la Reserva Federal, y si mantendrá la independencia institucional frente a la presión de Trump por bajar tasas.
La lectura de Ágora Capital
El diagnóstico de Ocampo confirma lo que el capital ya sabe: la inestabilidad monetaria no es un problema técnico menor, es el principal destructor de retorno en la región. Cada punto de volatilidad cambiaria es un proyecto de inversión que no se firma, un empleo que no se crea, un mercado que no se desarrolla.
La integración hemisférica que describe —comercial, financiera y monetaria— es exactamente el tipo de marco de reglas claras que atrae flujos de largo plazo. El dilema para América Latina no es ideológico: es entre anclar expectativas y seguir pagando la prima de riesgo más cara del mundo.



