Los números de la Reserva Federal de Nueva York no dejan margen para la complacencia. Según el Informe Trimestral sobre Deuda y Crédito de los Hogares, los atrasos hipotecarios de al menos 30 días alcanzaron su nivel más alto desde 2015, y la morosidad grave —90 días o más— en préstamos para automóviles llegó a su máximo desde 2010.
La deuda total de los hogares estadounidenses cerró el segundo trimestre en US$18,8 billones, una caída marginal de US$13.000 millones, equivalente al 0,1%. Sin embargo, esa reducción encubre un movimiento técnico: los saldos hipotecarios bajaron US$74.000 millones hasta US$13,1 billones, pero los investigadores atribuyen la caída a un vacío temporal en los reportes crediticios durante traspasos de servicing. Sin ese efecto, el saldo habría crecido US$61.000 millones, un 0,3%.
El resto del cuadro es expansivo. Los saldos de tarjetas de crédito subieron US$21.000 millones para situarse en US$1,26 billones. Las líneas de crédito sobre la propiedad de la vivienda sumaron US$13.000 millones y totalizan US$459.000 millones. Los expertos citados por CNN anticipan que los saldos de deuda seguirán creciendo y podrían alcanzar máximos históricos.
En paralelo, el segundo trimestre registró una cifra récord de US$211.000 millones en nuevos préstamos para automóviles, impulsada en parte por precios de vehículos históricamente altos. Matt Schulz, analista de finanzas del consumidor de LendingTree, advirtió a CNN: «Por lo general, las personas no dejan de pagar estos préstamos hasta que enfrentan verdaderas presiones financieras. Para muchos estadounidenses, el automóvil es lo que les permite ir al trabajo y continuar con su vida cotidiana».
Los investigadores de la Reserva Federal de Nueva York describen el fenómeno como una «economía en K»: los resultados financieros de los hogares más ricos divergen drásticamente de los de quienes tienen menos recursos. «Hay muchos hogares que viven al día y basta con que les ocurra una sola cosa para que puedan atrasarse en sus pagos», señalaron.
Lectura editorial. El mercado ya votó: cuando el crédito se encarece y los precios de los activos permanecen elevados, los eslabones más débiles de la cadena de consumo se quiebran primero. La señal de alarma no es la deuda agregada —US$18,8 billones siguen siendo un número manejable en términos de flujo si los ingresos acompañan— sino la velocidad con que la morosidad trepa en segmentos que históricamente priorizan sus pagos por encima de cualquier otro gasto.
El problema de fondo es estructural: años de política monetaria laxa inflaron los precios de viviendas y vehículos hasta niveles que los salarios reales no pueden sostener. Cuando el Estado expande el crédito artificialmente y luego sube tasas para contener la inflación que él mismo generó, la cuenta la pagan los hogares de ingresos medios y bajos. Capital busca reglas claras; los contribuyentes, en cambio, están absorbiendo el costo de una política que prometió prosperidad y entrega morosidad récord.



