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El turismo derramó 6,500 millones en Panamá y el mercado pide más emprendedores que títulos

Un veterano de 45 años en el sector inmobiliario y turístico panameño argumenta que la oportunidad existe; falta quien la tome.
Foto: prensa.com
domingo 16 de agosto de 2026

El turismo generó más de 6,500 millones de dólares en la economía panameña el año pasado. Esa cifra excluye el transporte internacional. Es una industria enorme. Y, según un operador con cuatro décadas y media en el negocio inmobiliario y turístico del país, sigue sin cubrirse por completo.

El argumento central es simple: Panamá ofrece turismo, construcción, comercio, Canal, puertos, hoteles, restaurantes, tecnología, agricultura y servicios. El mercado demanda participantes en todos los niveles. La pregunta no es si hay oportunidades. La pregunta es si hay suficiente gente dispuesta a tomarlas.

El autor cita un caso concreto. Un emprendedor aprendió a preparar popcorn, lo embolsó y empezó a distribuirlo. Hoy surte tiendas en todo el país. No hubo título universitario de por medio. Hubo visión, producto y ejecución.

El mismo razonamiento aplica a sectores menos explorados. La comunidad emberá en Bayano se ha convertido, según el texto, en la principal atracción turística del país para el viajero sofisticado. Las comarcas indígenas habitan tierras extraordinarias. Viven en pobreza. La brecha entre el activo y su aprovechamiento es, en sí misma, una oportunidad de negocio.

Sobre educación formal, la postura es matizada. Una buena formación ordena el pensamiento y enseña a razonar. Pero no lo determina todo. El autor recuerda que Steve Jobs y Bill Gates no terminaron la universidad. Ninguno era el mejor técnico de su industria. Ambos vieron lo que el mercado iba a necesitar antes que el mercado mismo.

Hoy, agrega, los mejores profesores del mundo están disponibles de forma gratuita en plataformas digitales e inteligencia artificial. La barrera de acceso al conocimiento cayó. Lo que persiste como diferenciador es la motivación.

El contrapunto histórico es Cuba. En los años 50, el país era la tercera economía de América Latina en PIB per cápita. Tenía más televisores, autos y teléfonos por habitante que gran parte de Europa. Una clase media sólida. La Habana como capital cultural del Caribe. Un solo hombre cambió ese destino en 1960. Hoy esa misma población sobrevive con lo mínimo. No por falta de talento. Por falta de oportunidades.

Panamá, concluye el autor, es lo opuesto.

La lectura de Ágora Capital es directa. Cuando el Estado no cierra el paso, el capital humano encuentra su camino. Los casos citados —el emprendedor del popcorn, el cajero que llegó a gerente, el capataz que levantó rascacielos— no son anécdotas motivacionales. Son señales de precio. Indican dónde hay demanda insatisfecha y márgenes disponibles para quien llegue primero.

El modelo Mulino apuesta por estabilidad jurídica e inversión. Ese marco importa. Pero los números del turismo y la informalidad productiva sugieren que el mayor multiplicador no está en el próximo megaproyecto. Está en reducir las fricciones que hoy separan a un emprendedor de su primer cliente. Menos burocracia, más mercado. La fórmula no es nueva. Tampoco es complicada.

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