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El pueblo italiano que adoptó el mate hace 150 años sin un solo argentino: la historia arbëreshë que desafía el origen del ritual

Lungro, 2.500 habitantes en las montañas de Calabria, se autodenomina «capital europea del mate» y mantiene viva la tradición desde el siglo XIX, traída por albaneses que emigraron a Argentina y regresaron.
Foto: infobae.com
miércoles 19 de agosto de 2026

En las montañas de Calabria, a 600 metros sobre el nivel del mar, existe un pueblo de 2.500 habitantes que lleva 150 años tomando mate sin que ningún argentino viva allí. Se llama Lungro y se presenta como la «capital europea del mate».

La historia tiene una lógica migratoria precisa. Lungro pertenece a la comunidad arbëreshë, descendiente de albaneses que se instalaron en el sur de Italia hace siglos y conservan hasta hoy una lengua propia además del italiano. A finales del siglo XIX, muchos de sus habitantes emigraron a Sudamérica, llegaron a Argentina y, al regresar, trajeron consigo el hábito de la infusión. Fue así como el mate entró al pueblo: no de la mano de argentinos, sino de albaneses que lo aprendieron durante su estadía en el Río de la Plata.

«Lo más loco es que al mate no lo trajo el argentino, como sucede en muchos pueblos. Sino que fueron albaneses que estuvieron en Argentina», señaló Eduardo Coronel, rosarino radicado en Cetraro que visitó Lungro junto a su pareja Noeli Forciniti para su canal de YouTube @caminoideal. La pareja encontró el Festival del Mate del pueblo casi por casualidad mientras buscaba las tradicionales «sagre» italianas de verano.

El ritual en Lungro tiene diferencias notables respecto del argentino. «El termo prácticamente no forma parte del ritual. El mate tradicional se prepara en la casa, con una pava, y se comparte principalmente durante el desayuno o en reuniones familiares», explicó Coronel. La costumbre recuerda, según él mismo relató, a la de su propia abuela: pava sobre el mechero, mate sencillo, agua casi hirviendo. La gran diferencia es el azúcar: los lungreses endulzan la infusión, y en algunas familias la preparan con leche. «A los chicos más que nada les gusta mucho el mate dulce con leche», apuntó.

Forciniti destacó el peso social de la bebida en el pueblo. «Hacen mucho hincapié en cómo el mate une. En invierno lo toman cerca de la chimenea para fomentar el diálogo», contó. La infusión funciona allí como excusa para sentarse, conversar y transmitir historias familiares, una función que los propios habitantes subrayan con orgullo.

El Festival del Mate que recorre las calles del centro histórico de Lungro incluye música argentina, shows de tango y folclore protagonizados por artistas del país, y hasta choripanes. «Todo muy argentino. Nos hicieron sentir como en casa», admitieron los viajeros, que escucharon canciones de Fito Páez y Los Rancheros en medio de un laberinto de calles antiguas.

Lo que Lungro ilustra es algo que los mercados culturales conocen bien: las tradiciones más duraderas no son las impuestas, sino las adoptadas libremente por comunidades que las hacen propias. Una infusión que cruzó el Atlántico en el equipaje de emigrantes albaneses, sobrevivió generaciones sin soporte institucional ni política pública, y hoy convoca a un festival que llena de vida un pueblo de montaña. El libre intercambio de costumbres, igual que el de bienes, produce resultados que ningún planificador habría diseñado.

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