El Banco Central de Venezuela (BCV) publicó este miércoles su cotización oficial vigente hasta el jueves 20 de agosto. El dólar se ubicó en 777,41 bolívares, un alza de 2,08 bolívares respecto al cierre anterior, equivalente a un avance de 0,27 %.
El euro tuvo un movimiento más pronunciado. Superó la barrera de los 900 bolívares y cerró en 906,83 Bs, con un incremento de 9,01 bolívares —1,00 %— frente a los 889,45 bolívares registrados el jueves 13 de agosto.
El BCV calcula estas tasas a partir del promedio ponderado de las operaciones bancarias, que publica diariamente como referencia del mercado cambiario oficial.
El dato que lo dice todo. El salario mínimo se mantiene en 130 bolívares, congelado desde marzo de 2022. A la tasa oficial del BCV, ese ingreso base equivale a 0,17 dólares mensuales. No es un error tipográfico: diecisiete centavos de dólar al mes es la remuneración mínima legal en Venezuela según los propios números del organismo emisor del Estado.
La brecha entre la depreciación del bolívar y el salario nominal ilustra con precisión quirúrgica el resultado de décadas de controles de cambio, emisión monetaria y destrucción del aparato productivo. Cuando el tipo de cambio sube semana a semana y el salario no se mueve desde hace más de tres años, el trabajador absorbe en silencio la totalidad del costo del desajuste fiscal.
Desde Ágora Capital, la lectura es directa: ningún control de cambio ha detenido jamás la depreciación de una moneda cuyo respaldo es la confianza en el emisor, y esa confianza se agota cuando el Estado gasta más de lo que produce. Venezuela lleva años demostrando que la represión cambiaria no protege el poder adquisitivo; solo retrasa —y amplifica— la corrección. El euro por encima de 900 bolívares y el dólar acercándose a 780 son el mercado votando, con la única papeleta que no se puede falsificar: el precio. Mientras el salario mínimo siga congelado por decreto, la única variable de ajuste seguirá siendo el bolsillo del trabajador.



