Los números hablan primero. Atera cerró su primer año de operaciones con una inversión de casi US$70 millones, por encima de la meta inicial de US$40 millones y en camino de superar el objetivo de US$100 millones anuales que la compañía se había trazado para esta primera etapa de apertura. Así lo reveló Luis Felipe Vélez, director de Atera, en diálogo con El Colombiano.
La empresa, que operó como unidad de negocio de Celsia antes de constituirse de forma independiente, ya tiene presencia activa en Colombia, Perú, Honduras, Centroamérica y ahora México. El modelo es claro: seguir a los clientes multinacionales que ya conocían sus servicios en Colombia y exportar esa relación a otras plantas de producción en la región.
México como apuesta central
Vélez fue directo sobre la prioridad geográfica: México podría representar 50% del negocio de Atera en dos años. La compañía ya está legalmente constituida en ese mercado, cuenta con equipo comercial local y gestionará ingeniería y construcción desde Honduras. «Llevamos varios meses estudiando el mercado, haciendo ese primer proyecto y entendiendo conceptos regulatorios y legales», señaló el directivo.
El portafolio en México incluye proyectos de aire comprimido y generación distribuida, que suman cerca de US$50 millones junto con iniciativas similares en Perú, según Vélez.
El proyecto estrella: cemento sostenible en Honduras
El proyecto más relevante del primer año es una inversión de más de US$25 millones en generación distribuida con baterías para una planta cementera en Honduras. El objetivo: que esa planta autoabastezca 70% de su energía, lo que, según Vélez, la convertiría en «la planta de cemento más sostenible del mundo».
Colombia: déficit energético como catalizador
En el mercado local, Atera instaló la primera bomba de calor industrial de Colombia en Postobón, en la línea de pasteurización de jugos, con una reducción proyectada de 50% en el consumo energético de esa línea al eliminar calderas de gas. También avanza en un proyecto de congelación y ultracongelación industrial con sistemas de CO2.
Vélez reconoció el contexto: el retraso en inversión en generación y transmisión de los últimos años «claramente está creando un déficit en la oferta energética» colombiana. Lejos de verlo como amenaza, lo enmarca como oportunidad: sus soluciones behind the meter —detrás del medidor— tienen «más valor que nunca» precisamente porque reducen la dependencia de la red.
La demanda de plantas de respaldo de 2 y 3 MW bajo el modelo energy as a service ya es, según el directivo, «bastante importante».
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El caso Atera ilustra un principio que el mercado confirma con frecuencia: cuando el aparato estatal falla en garantizar suministro confiable, la libre empresa encuentra el hueco y lo monetiza. El déficit energético que la política colombiana no ha resuelto se convierte, paradójicamente, en el mejor argumento comercial de una firma privada que ofrece independencia de la red.
Capital busca reglas claras, pero también actúa donde las reglas fallan. La expansión hacia México —un mercado con sus propias tensiones regulatorias— será la prueba de si el modelo as a service escala más allá de los clientes multinacionales ya conocidos. Los US$100 millones anuales de inversión son la vara.



