El historial clínico electrónico (EHR, por sus siglas en inglés) es uno de los casos más costosos de adopción tecnológica forzada en la historia de la medicina moderna. Para 2008, apenas el 4% de los médicos estadounidenses contaba con un EHR plenamente funcional. Fue necesario el HITECH Act y el programa Meaningful Use —con miles de millones en incentivos gubernamentales— para llevar esa cifra al 95% actual entre médicos de consultorio.
El contraste con el software de gestión de consultas es revelador. Ese tipo de herramienta se adoptó de forma voluntaria porque resolvía un problema real: automatizar la facturación y la administración. Los médicos la pagaron de su propio bolsillo. El EHR, en cambio, llegó por mandato, no por convicción.
El resultado fue predecible. Un estudio de 2016 citado por Paul Brient, director de Producto y Operaciones de athenahealth, encontró que los médicos ambulatorios pasaban casi el doble de tiempo frente al EHR y el escritorio que con sus pacientes. La herramienta diseñada para mejorar la atención terminó compitiendo con ella.
La respuesta del mercado fue ingeniosa y reveladora a la vez. Muchas prácticas contrataron escribas médicos para seguir al médico de sala en sala, tomar notas y operar el sistema. Algunas clínicas de ortopedia volvieron al papel: un asistente llena un formulario de una página con la información relevante del paciente y se lo entrega al médico antes de entrar al consultorio. En medicina académica, los médicos titulares en rondas raramente tocan una computadora; esa tarea recae en los residentes.
Organizaciones que invierten millones en estos sistemas, imponen días de capacitación y mantienen equipos tecnológicos enteros terminaron viendo cómo sus usuarios contrataban a otras personas para operarlos. El escriba no era resistencia al cambio; era la descripción exacta de lo que los médicos querían que hiciera su software.
Lo que los médicos siempre pidieron es simple: una sola pantalla con todo lo relevante para la situación actual, sin clics innecesarios. El problema es que «lo relevante» cambia según el especialista, el paciente y el momento del tratamiento. Un cardiólogo y un endocrinólogo que ven al mismo paciente en la misma tarde no necesitan la misma información. Construir eso era técnicamente imposible hasta hace poco.
La inteligencia artificial cambia el cálculo. Según Brient, la IA permite construir un sistema que «entiende» al paciente, al proveedor y el contexto de la consulta, genera resúmenes, extrae la línea relevante de una nota de seguimiento del mes anterior, escucha la interacción médico-paciente y, a partir de eso, redacta la nota clínica, prepara órdenes y asigna códigos de facturación. McKinsey contabilizó aproximadamente 2.400 empresas de salud habilitadas con IA lanzadas entre 2015 y 2024.
Desde la perspectiva de Ágora Capital, la lección es antigua y siempre vigente: cuando el Estado sustituye al mercado como mecanismo de adopción tecnológica, el resultado es gasto masivo con utilidad marginal. El EHR costó miles de millones en incentivos públicos y produjo un sistema que sus propios usuarios esquivaban con escribas y formularios en papel. La IA no llega por decreto; llega porque resuelve el problema que el mandato nunca pudo. Cuando la tecnología es genuinamente útil, la capacitación sobra y la adopción voluntaria hace el resto. El mercado ya votó.



