México tiene un potencial estimado de 141.5 billones de pies cúbicos de gas no convencional. Convertirlo en energía disponible es otra historia.
Así lo resume Ramsés Pech, asesor de energía, economía y proyectos: «Al país le falta convertir el recurso prospectivo en un modelo de negocio operable». Los obstáculos, dice, son contractuales, financieros, regulatorios y de infraestructura.
Los números del desafío
Una fase piloto en la cuenca de Burgos requeriría entre 2,000 y 3,000 millones de dólares, destinados a perforar entre 50 y 100 pozos, más estudios, permisos, caminos, manejo de agua, compresión y sistemas de recolección. Si los resultados justifican escalar, la inversión acumulada en una década podría situarse entre 15,000 y 25,000 millones de dólares, según los cálculos de Pech.
El efecto sobre la producción nacional no sería inmediato. El propio asesor estima que transcurrirían entre siete y diez años antes de alcanzar volúmenes capaces de generar una diferencia sistémica: primero estudios y permisos, luego pilotos para medir productividad y costos, y solo entonces un eventual desarrollo a mayor escala.
El papel de Pemex y el capital privado
«Pemex difícilmente podría desarrollar esta industria por sí solo en los tiempos y escala necesarios», afirmó Pech. La petrolera estatal tiene experiencia e infraestructura en regiones productoras, pero un desarrollo intensivo de gas no convencional requeriría también capital y tecnología especializada que hoy no posee en la magnitud necesaria.
La propuesta del asesor apunta a un modelo de participación pública y privada en el que Pemex mantenga la rectoría del recurso. Para atraer ese capital, las reglas tendrían que permitir recuperar inversiones de largo plazo y ofrecer certeza frente a cambios regulatorios.
El comité científico y las zonas habilitadas
En agosto, un comité científico convocado por la administración de Claudia Sheinbaum presentó sus recomendaciones. El grupo dejó abierta la posibilidad de avanzar con proyectos de fracking en Burgos y Sabinas-Burro-Picachos, sujetos a nuevas evaluaciones sobre disponibilidad de agua salada profunda y volumen real aprovechable. Para Tampico-Misantla, en cambio, recomendó no desarrollar este tipo de proyectos.
El debate ocurre en un momento relevante para la relación económica de México con Norteamérica, en medio de la revisión del T-MEC. En ese contexto, la estabilidad de las reglas pesa tanto como la geología: mientras en América del Norte el gas se comercializa en un rango cercano a 1 y 3 dólares, en Europa y Asia los precios se ubican entre 18 y 21 dólares, según las principales referencias internacionales.
Lectura editorial
El mercado ya votó sobre lo que necesita México para atraer capital a este sector: reglas claras, contratos respetables y un Estado que no cambie las condiciones a mitad del juego. Pech lo dice sin rodeos: «El cuello de botella principal es el diseño contractual y la certidumbre jurídica».
Mientras el aparato estatal delibera y Pemex acumula limitaciones financieras, la ventana competitiva se estrecha. El recurso existe. El dinero de los inversionistas también. Lo que falta es el único insumo que solo el gobierno puede proveer: reglas que duren más que un sexenio.



