El petróleo intermedio de Texas (WTI) abrió este jueves con una caída del 2,50%, hasta los 81,19 dólares el barril. Los contratos de futuros para septiembre restaban 2,08 dólares respecto al cierre anterior a las 09:00 hora local (13:00 GMT).
El detonante inmediato fue el informe semanal de la Agencia Internacional de Energía (AIE), que reveló un aumento de 17,4 millones de barriles en las reservas de crudo. Según Tom Essaye en su informe diario Sevens Report, «este incremento se debió al fuerte aumento de las importaciones y al desplome de las exportaciones, lo que elevó considerablemente los niveles de almacenamiento en la región de la Costa del Golfo».
A ese dato se sumó otra señal bajista: la AIE declaró el miércoles que la demanda mundial de petróleo caería más de lo previsto este año, en medio del creciente impacto del cierre del estrecho de Ormuz. La ruta es crítica para el flujo global de crudo, y su interrupción reordena los patrones de importación y exportación que ahora se reflejan en los inventarios estadounidenses.
El panorama de seguridad en Oriente Medio agrava la incertidumbre. Ataques a buques en el golfo de Omán y el mar Rojo esta semana mantienen la situación «precaria para las navieras», según la misma fuente. La paradoja es conocida: el riesgo geopolítico que normalmente empuja los precios al alza convive ahora con una demanda que se contrae y unas reservas que se acumulan, combinación que el mercado resuelve a la baja.
Desde Ágora Capital, la lectura es directa. Un barril más barato alivia la factura energética de las economías importadoras y reduce presiones inflacionarias, pero el mecanismo de transmisión depende de que los gobiernos no capturen ese margen vía impuestos o subsidios cruzados. El verdadero test es si el alivio en el precio del crudo llega al consumidor final o queda atrapado en el aparato estatal. Los mercados ya votaron: cuando la oferta supera a la demanda, el precio cede sin necesidad de decreto alguno.



