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Bayly narra en París el extravío de su gata y una pelea con su esposa: crónica de un viaje entre el calor y la culpa

El escritor y periodista peruano Jaime Bayly publica un relato personal sobre sus días en la capital francesa, marcados por el calor extremo, un malentendido conyugal y la desaparición de su gata Lola.
Foto: latercera.com
domingo 16 de agosto de 2026

Han sido, según sus propias palabras, «días de calores infames en París». Jaime Bayly, escritor y conductor peruano, publicó una crónica personal en la que describe su estancia en la capital francesa bajo temperaturas de cuarenta grados centígrados, una cifra que él mismo consigna como el telón de fondo de una serie de pequeños desastres domésticos.

El relato arranca con una imagen característica del autor: entrar a tiendas no para comprar, sino para refugiarse del calor, y terminar adquiriendo artículos que no necesita. Así compró unas zapatillas negras que, admite, sabía que no usaría al salir de la tienda. En otra boutique italiana, convenció al vendedor de que el saco que llevaba puesto —con parches de ante en los codos y bolsillos zurcidos— lo había comprado allí quince años atrás. El vendedor, según Bayly, «se rio a carcajadas» y terminó regalándole un perfume.

El episodio más revelador de la crónica es el del hotel de los mandarines. Bayly insistió ante su esposa en que el establecimiento estaba cerrado por obras, basándose en una página web consultada durante el vuelo. Ella sostenía que lo había visto abierto al pasar. Él le gritó, se negó a hablar durante la cena y salió al día siguiente a pasear solo. Al entrar al hotel, comprobó que estaba abierto. «Mi esposa tenía razón, yo era un idiota», escribe sin ambages. La reconciliación llegó con una mesa en el jardín del mismo hotel y una taza de té.

El golpe emocional del texto llega al final. Desde París, la asistenta María informó por mensaje que Lola, la gata de la familia —de año y medio, hermana del gato Max—, había desaparecido del apartamento al que había sido trasladada mientras la casa de Bayly era fumigada para frenar el avance de las termitas. «Rompimos todos a llorar», escribe el autor. Su hija confiaba en que Lola aparecería; su esposa especulaba sobre dónde podría haberse metido el animal.

Bayly también menciona de pasada a dos señoras colombianas que lo reconocieron en la calle, le preguntaron por un terremoto en Colombia y con quienes, según narra, rezó tomados de la mano. Y en un restaurante en azotea con vistas a la Torre Eiffel, desliza una comparación política: «me pareció que en estos tiempos la luz de la libertad brillaba más fuertemente en París que en Nueva York, y que la Torre Eiffel resplandecía con un fulgor extraordinario, mientras la Estatua de la Libertad parecía una señora amenazada por el presidente rubicundo».

La crónica de Bayly es, ante todo, un ejercicio de autoexposición. El escritor se retrata como un hombre de gustos austeros —zapatos marrones baratos, sacos gastados— que reconoce sus errores conyugales con la misma facilidad con que los comete. El texto no ofrece tesis ni argumento: es el diario de un viaje que, como él mismo presentía, no transcurriría sin contratiempos.

Desde Ágora Capital, lo que llama la atención no es la anécdota sentimental sino el retrato involuntario de un creador que produce valor —audiencia, contenido, marca personal— desde la autenticidad y sin aparato institucional detrás. En un ecosistema mediático donde el Estado subsidia narrativas y las plataformas penalizan la disidencia, la voz individual que se sostiene por su propio mérito sigue siendo el activo más escaso y el más difícil de regular.

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