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Solo el 29% de ejecutivos sabe si sus agentes de IA realmente generan retorno

Deloitte proyecta que el despliegue de IA autónoma saltará de 23% a 74% de las organizaciones en dos años, pero IBM advierte que la mayoría invierte sin evidencia de valor real.
Foto: forbes.com
martes 28 de julio de 2026

La promesa de los agentes de inteligencia artificial está llegando al núcleo de las operaciones corporativas. El problema es que pocas empresas saben si esa promesa se cumple.

Según datos de IBM citados por el analista Bernard Marr en Forbes, solo el 29% de los ejecutivos confía en su capacidad para medir el retorno de sus inversiones en IA. Al mismo tiempo, Deloitte proyecta que la proporción de organizaciones que despliegan agentes autónomos —capaces de planificar, actuar e interactuar con sistemas externos— pasará del 23% al 74% en dos años.

La brecha entre ambas cifras es el problema central: capital fluyendo hacia tecnología cuyo impacto nadie sabe cuantificar con rigor.

El error de medir actividad en lugar de valor

La trampa más común es confundir volumen con resultado. Tickets cerrados, consultas procesadas y horas aparentemente ahorradas generan reportes atractivos, pero pueden ocultar errores, retrabajo, mala experiencia del cliente y costos operativos en escalada. Un agente que procesa miles de consultas diarias sin mejorar la satisfacción, el valor de vida del cliente o la retención tiene impacto de negocio limitado, según el análisis.

Marr propone cinco métricas que sí conectan con valor real.

Primero, alinear la medición con objetivos estratégicos, no con actividad. Segundo, calcular la evitación de costos: estimar qué habría costado absorber el mismo volumen de trabajo sin agentes —contrataciones adicionales, horas extra, contratos externos— y compararlo con el costo total de operar y mantener la tecnología.

Tercero, evaluar precisión y reducción de errores. La velocidad impresiona en los reportes; los errores que genera pueden traducirse en exposición regulatoria, retrabajo y daño a la confianza del cliente. La recomendación es comparar tasas de error antes y después del despliegue, y calcular el impacto financiero de cada falla.

Cuarto, medir escalabilidad bajo presión. Los costos, las tasas de error y el tiempo de generación de valor pueden deteriorarse cuando la carga de trabajo crece. Probar los agentes con volúmenes proyectados futuros —usando datos sintéticos y simulaciones— antes de asumir que el éxito del piloto se replicará a escala.

Quinto, aislar el impacto en ingresos mediante pruebas A/B. Comparar el desempeño de procesos con soporte de IA contra un grupo de control permite distinguir si el incremento en conversión o en valor de venta proviene de la tecnología o de factores externos como estacionalidad o condiciones de mercado.

Lo que el mercado espera ver

Los directorios no financian eficiencia operativa indefinidamente sin ver su reflejo en los números que importan: margen, flujo y crecimiento de ingresos. La aceleración del despliegue de agentes autónomos que proyecta Deloitte llegará inevitablemente a un punto de rendición de cuentas.

Las organizaciones que construyan desde ahora sistemas de medición rigurosos —vinculados a resultados de negocio, no a métricas de actividad— estarán en posición de escalar con evidencia. Las que no lo hagan corren el riesgo de descubrir, tarde y con presupuestos comprometidos, que la productividad aparente no se tradujo en productividad real. Capital sin medición no es inversión; es gasto con buena presentación.

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