Un análisis publicado por Fortune el 3 de julio de 2026 acuña el término Zillennials para describir a los nacidos entre 1993 y 1998: la franja generacional enclavada entre el extremo tardío de los Millennials y el borde inicial de la Generación Z.
El argumento central no es sociológico sino económico. Según el Global AI Jobs Barometer de PwC citado en la pieza, los trabajadores con habilidades de inteligencia artificial perciben hoy una prima salarial del 62% frente a pares en las mismas ocupaciones a nivel global. En 2024, esa prima era del 25%. La brecha se amplió con rapidez.
El mismo informe de PwC señala que los puestos de nivel inicial en ocupaciones con alta exposición a la IA tienen siete veces más probabilidades de exigir competencias de nivel sénior —juicio, pensamiento crítico, gestión de partes interesadas— que sus equivalentes en sectores menos expuestos.
Los Zillennials encajan en ese perfil por una razón que la neurociencia respalda: su ventana de desarrollo —aproximadamente entre los 12 y los 25 años— coincidió con la irrupción del smartphone, la economía de plataformas y la IA generativa. La corteza prefrontal, que gobierna adaptabilidad y razonamiento contextual, continúa madurando hasta mediados de los veinte, según recoge el artículo. Esa plasticidad, concepto formalizado en la literatura científica desde William James en 1890, permite reorganizar el cerebro en respuesta a lo que encuentra. Quien atraviesa una ruptura tecnológica dentro de esa ventana sale bilingüe: recuerda el mundo anterior y absorbe el nuevo de forma nativa.
La generación anterior que vivió un proceso análogo fueron los Xennials —nacidos entre el final de la Generación X y el inicio de los Millennials—, quienes crecieron con teléfonos rotatorios y enciclopedias físicas antes de que internet comercial llegara a sus primeros años adultos. Pew Research documentó que los Millennials, en particular el cohorte mayor, lideran a todas las generaciones no solo en posesión de tecnología sino en integración conductual de esta en su vida profesional.
El artículo apunta también a una tercera generación bilingüe en formación: los estudiantes de secundaria que hoy están en el otro lado de la «línea de falla» de la IA, absorbiendo esa ruptura durante su propio período de plasticidad máxima.
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La lectura de Ágora Capital es directa: el mercado de trabajo no espera taxonomías generacionales; paga por productividad diferencial. Una prima del 62% sobre el salario base no es un dato de recursos humanos; es una señal de precios tan nítida como cualquier spread en renta fija. El capital fluye hacia quien puede dirigir e interrogar herramientas de IA, no hacia quien simplemente las opera.
Lo relevante para inversores y directivos es que esta ventaja no es eterna ni exclusiva de un grupo etario. La siguiente cohorte bilingüe ya está en formación. Las empresas que estructuren sus procesos de contratación y formación alrededor de esa capacidad de juicio crítico —no de la edad del candidato— serán las que capturen el retorno. El resto pagará la prima sin entender por qué.



