Washington, 4 de julio de 2026. La deuda federal de Estados Unidos supera los 39 billones de dólares. La deuda en manos del público equivale ya al tamaño de toda la economía, y el costo anual en intereses alcanza un billón de dólares, cifra que supera el presupuesto de defensa.
El origen de esa deuda es, paradójicamente, uno de los movimientos más brillantes de la historia financiera moderna.
El ingenio de Hamilton
En 1790, Alexander Hamilton, primer secretario del Tesoro, diseñó la consolidación de las deudas de guerra de los estados bajo el gobierno federal recién creado. La decisión fue polémica: el naciente gobierno asumió obligaciones que muchos esperaban que simplemente repudiaría o renegociaría con quita.
Hamilton apostó por lo contrario: pago íntegro y reputación de solvencia. El resultado fue que los bonos del Tesoro comenzaron a cotizarse en mercados europeos, el costo de financiamiento bajó y la nueva república pudo, entre otras cosas, financiar la compra de Luisiana.
Dos siglos y medio después, los títulos del Tesoro sostienen el sistema financiero global, integran las reservas de bancos centrales y refuerzan el estatus del dólar como principal moneda de reserva. Ese «privilegio exorbitante» ha permitido a Washington endeudarse a tasas más bajas de las que su trayectoria fiscal justificaría.
La aritmética que incomoda
El problema es que la trayectoria ya no es sostenible por consenso técnico. El Penn Wharton Budget Model (PWBM) establece el umbral crítico en más del 210% del PIB: el punto a partir del cual ningún impuesto sobre la renta laboral puede financiar los intereses a retornos aceptables para los inversores. Más allá de ese límite, el default —sobre la deuda o sobre transferencias como el Seguro Social— se vuelve «casi una certeza en términos ajustados por inflación», según PWBM.
Hoy la relación deuda-PIB ronda el 100%. Las proyecciones de la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO) la sitúan en 175% para 2056, lo que colocaría el umbral de PWBM a décadas de distancia. Sin embargo, el mismo modelo advierte que bajo la tasa histórica de crecimiento del gasto en salud hay un 25% de probabilidad de alcanzar ese máximo en solo 14 años.
Mientras tanto, las subastas recientes del Tesoro han requerido rendimientos más altos para atraer la demanda necesaria, señal de que el mercado ya exige una prima de riesgo mayor.
Lo que el Congreso no hace
El texto de Fortune señala que los legisladores continúan recortando impuestos sin abordar los principales motores del gasto: el Seguro Social y Medicare. El mercado de Treasuries sigue siendo el más profundo y líquido del mundo, con más de 30 billones en títulos en circulación y más de un billón en volumen diario de negociación, pero esa liquidez no es eterna si la confianza se erosiona.
Lectura editorial
Hamilton entendió algo que el Congreso actual parece haber olvidado: la deuda es una herramienta, no un derecho adquirido. Su poder descansa en la credibilidad de quien la emite, y esa credibilidad se construye con disciplina, no con déficits perpetuos.
El problema no es la deuda en sí; es el gasto estructural que ningún partido quiere tocar porque financia votos. Cuando el costo de los intereses supera al de la defensa y la solución política sigue siendo posponer, el reloj no se detiene: solo se acelera.



